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El desconocido
Microficciones

Un hombre que no se reconoce en ninguna de sus fotos

Por Ariel Costa · 20 de junio de 2026 · 3 min de lectura

La primera vez que lo vio tenía cuatro años. Estaba en una foto.

—Ese sos vos —dijo su mamá.

Miró la imagen. El nene sonreía. Tenía el pelo revuelto, los ojos brillantes, las rodillas raspadas, una remera demasiado grande. Parecía feliz.

—No soy yo.

Su mamá se rió.

—Claro que sos vos.

Pero él estaba seguro. No era él. Era otro. Guardó la foto y salió a jugar.

Años después volvió a encontrarla. La misma foto, la misma sonrisa, la misma certeza. Ese chico seguía siendo un desconocido.

Y lo extraño era que no era el único. También desconocía al que aparecía en las fotos de la primaria: al que usaba guardapolvo, al que corría en los recreos, al que fingía no tener miedo.

Tampoco conocía al adolescente. Ese que aprendió demasiado rápido qué cosas podían decirse y cuáles no. El que vigilaba cada gesto, cada palabra, cada mirada, como si estuviera actuando una obra de teatro que nunca terminaba.

Los años pasaron. El álbum siguió creciendo. Había cientos de fotografías: cumpleaños, vacaciones, Navidades, amigos, parejas, mudanzas, sonrisas. Pero cada vez que las miraba sentía lo mismo. No veía una vida. Veía una colección de desconocidos.

Una noche decidió extender todas las fotos sobre la mesa. Las ordenó por fecha: primero el bebé, después el nene, después el adolescente, después el hombre. Cuatro décadas ocupando el comedor.

Se sentó frente a ellos. Y por primera vez hizo una pregunta distinta. No "¿quiénes son?", sino "¿por qué ninguno parece yo?".

Se quedó observándolos durante horas. Pasó de una foto a otra, como quien intenta reconstruir una historia perdida.

Y entonces descubrió algo. Había una mirada, difícil de explicar. A veces aparecía detrás de una sonrisa. A veces detrás del cansancio. A veces detrás del miedo. Pero estaba ahí. La misma. En todas las edades. Como una huella escondida.

Entonces entendió. Tal vez nunca habían sido desconocidos. Tal vez habían sido versiones necesarias, formas imperfectas de atravesar cada etapa: el hijo que no podía preguntar, el nieto que aprendió a callar, el adolescente que intentaba encajar, el joven que buscaba aprobación, el hombre que todavía estaba aprendiendo a aceptarse.

Todos habían hecho lo que podían. Todos habían sobrevivido.

Y por primera vez sintió algo inesperado. No vergüenza. No distancia. Ternura.

Miró al nene de la primera foto. Y descubrió algo que nunca había visto: detrás de la sonrisa, detrás del esfuerzo, detrás de todo lo que vino después, estaba él. Había estado ahí todo el tiempo. Esperando.

Al día siguiente conoció a alguien que le preguntó:

—¿Y vos quién sos?

Iba a responder como siempre. Con su trabajo, con su edad, con alguna historia aprendida de memoria. Pero se detuvo. Pensó en el bebé, en el nene, en el adolescente, en todos los desconocidos. Y respondió:

—Todavía lo estoy averiguando.

Fue la primera vez que dijo la verdad.

Ariel Costa
Licenciado en Administración, lector apasionado. A lo largo de su trayectoria profesional combinó el mundo de la gestión con un profundo interés por los libros, las historias y los espacios de encuentro. Cree que la lectura, el juego y la creatividad tienen la capacidad de abrir conversaciones, despertar preguntas y acompañarnos en distintas etapas de la vida.
@ariel.costa.alvarez

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