De chicos, los libros fueron un escondite cuando la realidad pesaba. De grandes, seguimos abriendo esa misma puerta —y a veces encontramos el camino de vuelta a nosotros
Por Leticia Calderón · 20 de junio de 2026 · 2 min de lectura
Leer puede ser recreación, obligación o refugio. Para muchos chicos, a veces también es una puerta de salida. Un lugar donde esconderse un rato cuando la realidad pesa demasiado.
Puede que alguna nena o algún nene haya encontrado en los libros algo que no encontraba en otro lado: compañía, calma, valentía. Historias que les mostraron que existían otros mundos posibles. Personajes que atravesaban miedos, pérdidas o angustias y, aun así, seguían adelante.
Fue un abrazo silencioso en días difíciles. Un alivio cuando dolía crecer. Una manera de sentirse menos solos.
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Y aunque el tiempo pase, el crecimiento continúe y las experiencias se sigan acumulando, esos chicos permanecen dentro de nosotros. Algo de ellos sigue ahí, en algún rincón.
Quizás por eso, cuando somos adultos, seguimos buscando refugio entre páginas. Volvemos a emocionarnos con las historias. Necesitamos ese momento en el que el mundo parece detenerse y las cosas recuperan algo de sentido.
Porque a veces un cuento, una novela o una simple historieta pueden hacer mucho más de lo que imaginamos. Acompañan. Transforman. Consuelan. Nos recuerdan quiénes fuimos y nos ayudan a entender quiénes somos.
Tal vez esa sea una de las formas más silenciosas de la lectura: abrir una puerta hacia otros mundos para, de vez en cuando, encontrar el camino de regreso a nosotros mismos.
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Notas al Margen · Cubiko
